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Cuando allá por el mes de febrero comenzábamos el segundo cuatrimestre de la carrera de Periodismo, se nos informaba de que una parte fundamental de la asignatura de Innovaciones consistía en crear y gestionar un blog en grupos de tres personas. Al principio, todo eran proyectos, ideas e ilusiones, pero con el paso de las semanas hubo que seleccionar aquellos temas que podían dar más juego periodísticamente. Finalmente, mis compañeras Patricia e Irene, sin cuya ayuda nada de esto hubiera sido posible, me convencieron para que hablara sobre el rasgo de mi físico que perciben a primera vista los desconocidos (aunque cada vez hay más personas que no lo notan hasta el segundo o tercer vistazo y luego explicaré el motivo): mi ceguera.

Sí, soy ciego. Nací con glaucoma y, pese a que conservaba resto visual en ambos ojos hasta los tres años, por muchas operaciones que se intentaron para mantenerlo terminé por quedarme completamente ciego a los cinco. Hay quien prefiere referirse a nuestro colectivo como invidentes, minusválidos o discapacitados visuales. En realidad, muchos de estos términos son eufemismos que, analizados fríamente, expresan una idea más dramática de lo que sería aconsejable. Al menos yo no me considero un discapacitado en el estricto significado de la palabra: “Dicho de una persona: que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas” (RAE dixit). Afortunadamente, yo no siento que mis actividades cotidianas normales se vean impedidas o entorpecidas. Una de dos: o mis actividades cotidianas normales no coinciden con las del común de los mortales o dispongo de métodos para llevarlas a cabo. Para demostrar por qué me inclino por la segunda opción, a continuación os hablaré de mi día a día, con el objetivo de que quien lea estas líneas aprenda algo nuevo sobre la ceguera, se conciencie de nuestras limitaciones, se sorprenda con algunas ventajas y, en definitiva, pase un rato ameno. (Lo último que pretendo es inspirar lástima. Nada me parece más penoso que intentar dar pena).

Una mañana cualquiera

Lo mejor para explicarlo todo del modo más interactivo posible es tratar de describir cómo afronto una jornada cotidiana. Pongámonos en el peor de los casos: me toca madrugar. Como no puedo pretender desvelar a mi familia constantemente, previamente he programado mi despertador. Y es que uno de los principales medios, si no el más importante, para suplir la falta de vista es la voz. Mi reloj no tiene nada de especial en cuanto a la forma, pues consta de una pantalla y diversos botones. La única diferencia respecto a los cronómetros convencionales reside en que los botones de los de los ciegos, cuando se pulsan, propician que una voz femenina y melancólica anuncie la hora y la activación y desactivación de las alarmas. Vamos, todo lo que aparece en la pantalla. Pequeños grandes milagros cortesía de la ONCE, organización pionera a nivel mundial en conceptos tan vitales como “integración” y “normalización”. (Hay otro tipo de reloj adaptado en el que las agujas están en relieve y ni siquiera se necesita la voz para utilizarlos, pero el día es demasiado largo como para profundizar en exceso en cada asunto).

Aún con las legañas en los ojos, debo vestirme. Aquí radica uno de los principales contratiempos para los ciegos y yo no soy la excepción: en la elección de la ropa. En este punto entra en juego la familia, el pilar básico en la existencia de cualquier persona, máxime en la de un invidente. Mis padres son quienes me cuentan de qué color es este pantalón, tal camiseta o aquel jersey, y si conjuntan bien o voy a ser el hazmerreír en cuanto pise la calle a causa de mi vestimenta. Al cabo de cierto tiempo me acabo aprendiendo toda la retahíla de combinaciones posibles con lo que, si no se está actualizando permanentemente el guardarropa, uno también llega a ser bastante independiente en ese aspecto. Para el mero hecho de vestirme no necesito más que aplicar el tacto. El cuello de las camisetas, camisas y jerséis, así como sus etiquetas y las de los pantalones, nos proporcionan más información de la que pudiera parecer.

Aún medio dormido, me dirijo al cuarto de baño, prótesis en ristre. Estas cascarillas, bastante semejantes en la forma a una lentilla, permiten que no se me deforme la estructura de la cara. No solo eso, sino que presentan un aspecto tan parecido al de un ojo convencional que cualquiera que me observe por primera vez diría que veo perfectamente. Por costumbre, no porque sea necesario, me las quito todas las noches antes de dormir. Como lo hago yo solo (ponerme y quitarme las prótesis, digo), a veces lo empleo como un truco cuando quiero impresionar a los desconocidos, cuyas reacciones oscilan entre el asombro y la grima…

Acto seguido hago la cama (misión que no requiere especiales cualidades aunque durante mucho tiempo traté en vano de hacerles ver lo contrario a mis padres), y me dispongo a desayunar. Servirme es un proceso parecido a andar en bicicleta: es preciso caerse muchas veces antes de triunfar. Para calentar los alimentos utilizo el microondas, al que he incorporado unas pegatinas en Braille con los números de los minutos. Como veis, en ciertos momentos es importante recurrir a la imaginación.

Ya con las pilas cargadas, preparo la mochila y parto rumbo a clase de Inglés. Podríamos decir que en este momento recupero la vista, porque es cuando desenfundo mi bastón cual si de una espada se tratase. A efectos prácticos, ejerce de ojos. Al principio no resulta sencillo manejarlo correctamente, pero gracias a los profesores de la ONCE, hay un punto clave en el que pasé de llevar un palo a portar un bastón. Entonces comencé a caminar con seguridad y a perder el miedo a chocarme. Tanto es así que por momentos me olvido de que lo llevo, al igual que sucede con las prótesis. Aunque todo es mejorable, las calles de Valladolid por las que transito habitualmente son bastante accesibles. No suelen faltar los rebajes de los bordillos que indican los pasos de cebra (soy natural de Nuez de Aliste, un pueblo de Zamora, y en ambos sitios esto era impensable) y muchos semáforos tienen sonido. Eso sí, a base de reclamarlo al Ayuntamiento, que está obligado a instalar el dispositivo sonoro que indica cuándo puedo cruzar siempre que se le solicite. Pero ¿y si los semáforos no están adaptados? Lo más cómodo es preguntar a cualquier otro peatón. Afortunadamente, por lo general la gente está dispuesta en todo momento a echar una mano. La solución más sofisticada consiste en afinar el oído y esperar a que arranquen los coches de la calle perpendicular. Es la señal inequívoca de que el semáforo de la que voy a cruzar se ha puesto en verde.

En clase

Mi método de trabajo en clase de Inglés es extrapolable a las asignaturas que curso en la universidad en la carrera de Periodismo. La máquina con la que tomo los apuntes se llama Braille Speak. Está constituida por seis botones que representan los respectivos puntos del alfabeto Braille, más la barra espaciadora. Combinando esas seis teclas se pueden escribir todas las letras y signos de puntuación. (Doy fe, por mucho que les cueste entenderlo a algunos)… Esto es, hay letras de cinco, cuatro, tres, dos y un punto. Como su propio nombre indica, el Braille Speak reproduce mediante voz lo que está escrito. Sin embargo, yo uso una versión más avanzada, llamada Braille Lite, que se puede silenciar y en la que una línea en Braille sustituye a la voz. Por tanto, al tiempo que voy escribiendo puedo leer con la mano lo que he puesto. Cuando tuve en mis manos este aparato por primera vez me quedé impresionado y ahora, cada vez que lo pienso detenidamente, sigo sin salir de mi perplejidad. Casi todo son ventajas: escribo incluso más rápido que mis compañeros y, no menos importante, los profesores no saben si estoy tomando notas sobre su asignatura o consultando la hora, pues también cuenta con aplicaciones como reloj y calculadora… No obstante, la única pega del Braille Speak o Braille Lite no es cuestión baladí: ¿cómo puede leer cualquier vidente (no uno que adivina el futuro, sino uno que conserva la vista) lo que escribo? El único medio para volcar la información es el disquete y la mayoría de ordenadores ya no cuentan con disquetera. Por ello, los exámenes los hago con ordenador. La única adaptación que necesito es el Jaws, un programa de voz que me lee todo lo que aparece en la pantalla, a imagen y semejanza de mi reloj o mi móvil.

Braille Lite

En lo referente a los libros, antes del comienzo de un nuevo curso, con cierta antelación, solicito la lista de material que voy a necesitar, ya sea en el instituto, ya en la universidad o en la academia en la que aprendo Inglés. Este listado se le traslada al Centro de Recursos de la ONCE, que me los transcribe a Braille. Si durante el curso necesito algo que no estaba previsto, puesto que el Centro de Recursos está en Madrid y el proceso de transcripción no siempre es tan rápido como sería deseable, hasta el año pasado me lo adaptaba una profesora de apoyo de la ONCE que iba al instituto una vez a la semana. Sin embargo, en la universidad ya no sucede esto. En cambio, tengo instalado en mi ordenador el OmniPage, un programa que sirve para escanear. Sumado al Jaws, hace que pueda leer cualquier texto sin que este esté necesariamente en Braille.

Tras la clase de Inglés, regreso a casa, me pongo a estudiar y me preparo para acudir a la facultad por la tarde. Como muchas rutinas se repiten, no voy a volver a describirlas. Podría tocar muchos más temas como por ejemplo la accesibilidad de las páginas web. Pero eso lo dejamos para otro día. Este post lo cerramos con una entrada de una periodista ciega llamada Patricia Carrascal que, como yo, estudió Periodismo en la universidad de Valladolid. Ella me marcó el camino a seguir y me sirve de inspiración. El verano pasado publicó esta formidable entrada, que tuvo una gran repercusión y en la que desvela Las diez preguntas más estúpidas que nos hacen a los ciegos.

¡Hasta la vista!

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